miércoles, 23 de abril de 2008

Muerte puta

Como hoy
que llueve mucho
y me cuesta escribir la palabra amor


En las tardes de lluvia con la abuela, se hallaban de implícito el café y los panecillos, en medio de esa inamovible quietud de los cuerpos alrrededor de la mesa que ocupaba el comedor.

A pesar de lo estruendoso de las gotas al desintegrarse en el laminado del garaje, los párpados de la abuela comenzaban a caer con la misma velocidad de todas las lluvias, llamados a cerrarse por un conjuro que en su naturaleza tenía el sabor y tacto de la tierra mojada de los huertos.

Entregado a descifrar los aromas de macetas y cajones de tierra colonizados por el agua, me desasosegaba saberla dormida y sentirme solo, quizá medio acompañado, pero solamente en mis momentos de mayores optimismos. Entonces, mirar su rostro adormilado que delataba el paso de los años por su piel y las paredes de esa casa me obligaba a preguntarme sobre casi todo lo ocurrido en esa vida que, aunque estática en esa siesta ligera, ocurría frente a mi teniendo el nombre de ella.

Mi vuelta a la realidad era tajante y cruel; si mis ojos, de recorrer las sensaciones que se aferraban a las ventanas y a ciertos rincones preservados del paso de los años, terminaban su ruta posándose en las llagadas piernas de ella, resultaban necesarias e inevitables las nudosidades de garganta y hasta alguna lágrima ingrata, pero segura de su naturaleza minúscula en medio de todo ese fluir de gotas que llegaban sin otro propósito que el de besar la tierra.

Entonces, le regalaba una sonrisa de las que pocas veces se me escapan, sabiéndola dormida, soñando con el esposo muerto, con la hija perdida, con los hijos de los nietos...

Una tarde de esas mismas, sin más, no volvió a despertar.

Yo supe que estaba muerta porqué ya no sonreía.

2 comentarios:

Parnasiana dijo...

Estoy tratando de entender cómo llegaste a mi otro blog y hay dos opciones, o yo soy muy distraída y está por ahí en alguna parte o realmente no sé cómo. Muchacho, me sorprendes, y cada día más. Yo aún me pregunto por qué no hemos intercambiado mails. No había notado que habías dejado un mensaje. Es que era una entrada antigua y no las miro mucho.
En fin, el título de tu escrito me recordó una película (¿tendrá algo que ver?). Me gusta leerte, mucho.

Cariños a la distancia.

Bárbara.

Por la rosa, el péndulo y la lira dijo...

Me encanta el epígrafe y el final es maravilloso, la historía en sí es conmovedora, el fondo y forma recrean un éxtasis!

Apreciaré a la misoginia familiar un poco más de pensar que se me va a ir