Como hoy
que llueve mucho
y me cuesta escribir la palabra amor
En las tardes de lluvia con la abuela, se hallaban de implícito el café y los panecillos, en medio de esa inamovible quietud de los cuerpos alrrededor de la mesa que ocupaba el comedor.
A pesar de lo estruendoso de las gotas al desintegrarse en el laminado del garaje, los párpados de la abuela comenzaban a caer con la misma velocidad de todas las lluvias, llamados a cerrarse por un conjuro que en su naturaleza tenía el sabor y tacto de la tierra mojada de los huertos.
Entregado a descifrar los aromas de macetas y cajones de tierra colonizados por el agua, me desasosegaba saberla dormida y sentirme solo, quizá medio acompañado, pero solamente en mis momentos de mayores optimismos. Entonces, mirar su rostro adormilado que delataba el paso de los años por su piel y las paredes de esa casa me obligaba a preguntarme sobre casi todo lo ocurrido en esa vida que, aunque estática en esa siesta ligera, ocurría frente a mi teniendo el nombre de ella.
Mi vuelta a la realidad era tajante y cruel; si mis ojos, de recorrer las sensaciones que se aferraban a las ventanas y a ciertos rincones preservados del paso de los años, terminaban su ruta posándose en las llagadas piernas de ella, resultaban necesarias e inevitables las nudosidades de garganta y hasta alguna lágrima ingrata, pero segura de su naturaleza minúscula en medio de todo ese fluir de gotas que llegaban sin otro propósito que el de besar la tierra.
Entonces, le regalaba una sonrisa de las que pocas veces se me escapan, sabiéndola dormida, soñando con el esposo muerto, con la hija perdida, con los hijos de los nietos...
Una tarde de esas mismas, sin más, no volvió a despertar.
Yo supe que estaba muerta porqué ya no sonreía.
miércoles, 23 de abril de 2008
viernes, 4 de abril de 2008
Prefiero tu suspiro mucho más que a la sirena.
Pregunta: ¿Por qué le habrán puesto sirena?
Que pena recordar a la sirenas cada vez
que pasan los bomberos o la poli o la ambulancia
El viento oscuro de la noche y los que atestiguaron el impacto se arremolinaban en corro alrededor.
Ambas bicicletas estaban en estado inutilizable, aunque no eran lo único desvencijado y roto: del cráneo de uno de los que yacían tirados nacía un reguero espeso de sangre que emergía igual que la vida que hacía poco lo abandonaba para no volver.
El primero intentó incorporarse, aunque lo único entendible en su voz era el dolor de haber sido lanzado varios metros; 52 ojos le observaban sin que a alguno se le ocurriera responder al impulso de auxiliarle: para eso llegarían los ambulatorios, para evitar contactos innecesarios o posibles contagios de desgracia. El primero se arrastró hacia el otro y comprendió que cualquier impulso sería inútil: no era necesario haberse sabido en la escuela en lugar de recolectando calor acuñado en árboles amputados para entender que para tamaña herida no habría después ni tardes etílicas para presumir ese día como un casi. La impresión en seres blandos provoca ese estado de laconismo indiscutible en que tanto toda palabra como todo pensamiento se disuelven ante la fuerza de la imágen que se proyecta delante.
Lo apremiente de la situación hizo que los minutos transcurridos entre la huida del implicado y la llegada de esos hombrecillos que reparten socorro y negligencia fuera menor a la media hora acostumbrada; llegaron para agregar más densidad al aire viciado de mirones, mostraron todo su tacto al tratar al herido como a muerto y al segundo como objeto inanimado.
...una figura -ojos desorbitados, llanto sin lágrimas, gritos sin voz- se acercaba a la par que me iba a casa.
-mi hijito... mi hijito... (eso lo único que los movimientos en el aire por su prisa me hicieron escuchar).
Pregunta: ¿Por qué le habrán puesto sirena?
Que pena recordar a la sirenas cada vez
que pasan los bomberos o la poli o la ambulancia
El viento oscuro de la noche y los que atestiguaron el impacto se arremolinaban en corro alrededor.
Ambas bicicletas estaban en estado inutilizable, aunque no eran lo único desvencijado y roto: del cráneo de uno de los que yacían tirados nacía un reguero espeso de sangre que emergía igual que la vida que hacía poco lo abandonaba para no volver.
El primero intentó incorporarse, aunque lo único entendible en su voz era el dolor de haber sido lanzado varios metros; 52 ojos le observaban sin que a alguno se le ocurriera responder al impulso de auxiliarle: para eso llegarían los ambulatorios, para evitar contactos innecesarios o posibles contagios de desgracia. El primero se arrastró hacia el otro y comprendió que cualquier impulso sería inútil: no era necesario haberse sabido en la escuela en lugar de recolectando calor acuñado en árboles amputados para entender que para tamaña herida no habría después ni tardes etílicas para presumir ese día como un casi. La impresión en seres blandos provoca ese estado de laconismo indiscutible en que tanto toda palabra como todo pensamiento se disuelven ante la fuerza de la imágen que se proyecta delante.
Lo apremiente de la situación hizo que los minutos transcurridos entre la huida del implicado y la llegada de esos hombrecillos que reparten socorro y negligencia fuera menor a la media hora acostumbrada; llegaron para agregar más densidad al aire viciado de mirones, mostraron todo su tacto al tratar al herido como a muerto y al segundo como objeto inanimado.
...una figura -ojos desorbitados, llanto sin lágrimas, gritos sin voz- se acercaba a la par que me iba a casa.
-mi hijito... mi hijito... (eso lo único que los movimientos en el aire por su prisa me hicieron escuchar).
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